- El arquitecto del proyecto cultural y empresarial emplazado en el ex Colegio Alemán de Valparaíso se refiere al rescate de los barrios, la restauración de edificios patrimoniales y a su visión de la ciudad.

La decadencia de Valparaíso se ha vuelto tanto un escenario como un recurso manido. Por los políticos, la prensa, los abogados, los expertos. Pero trabajando para el empresario y filántropo Eduardo Dib, construir, o más bien, rehabilitar los espacios urbanos, se volvió lentamente en el desafío del arquitecto Joaquín Velasco, que además de imprimirle su sello distintivo, aspira a recuperar la vida que le falta al territorio porteño.
Y la primera pregunta, es sencilla. ¿Por qué Valparaíso? Primero, porque estudiar arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso obliga a vivir la ciudad, dibujarla, proyectarla, “pero después muy pocos construyen en Valparaíso”, agrega Velasco. “En Valparaíso, una de sus grandes cualidades es la espontaneidad, lo anónimo. Y esto de aparecer con una marquita, a nadie le parecía muy bien, ni a mí mismo. Pero dije, no puede ser que después de todo lo que he estudiado acá, después de haberme ido para afuera, estar en España, en Francia, y todo el know-how, todo el conocimiento, – en Barcelona tuve también 3 años trabajando en rehabilitaciones -, no aplicarlo en esta ciudad que yo sentía que se estaba degradando, y que con el conocimiento y entusiasmo que uno traía… podíamos hacer mucho”.
Teniéndolo todo
Así, Velasco empezó a construir, contra viento y marea. “Para mí el gran desafío era tratar de construir el plan, que tiene un gran porcentaje destruido o sitio de eriazo, y es de los pocos centros urbanos de Chile, con tanto equipamiento, tan bien emplazado, que todavía aún no se renueva. Porque si tú piensas en las otras ciudades, todos tienen sus centros urbanos renovados y Valparaíso lo tiene aún pendiente, teniendo el metro, la universidad, el borde costero, el congreso, ¡todo! Y así, hay un déficit de, no sé, siete mil viviendas. Entonces, hay mucho espacio sin usar”.
No obstante, reconoce que el suelo del plan es bastante más complejo que el de los cerros, y la informalidad porteña en lo referido a las herencias, no ayuda. Y avanzando edificio tras edificio, llegaron proyectos hoteleros, el espacio Dinamarca 399 y la recuperación del Colegio Alemán, la propiedad más grande emplazada en la zona patrimonial del Cerro Concepción con la posibilidad de ser fuerza cultural y comercial: “Y ha sido un trabajo milimétrico, cuidadoso, hipercomplejo, con muchas épocas de diferentes construcciones que abordar. Hay restauración, rehabilitación, ampliación, hay todo tipo de etapas y además con la complejidad que implica tener un museo, más tiendas, locales, espacios de eventos, restaurantes, vecinos, calles, o sea, es una manzana completa, la cantidad de frente que tienen las fachadas, es complejo, pero alucinante. Yo creo que es un proyecto soñado como arquitecto y quizás como inversor también y como ciudad”.
Hoy se llama Destino Valparaíso, un espacio de gastronomía, eventos, tiendas y el Museo del Inmigrante, que para su arquitecto, tiene mucho que ver con la capacidad de inventiva de árabes y europeos que, insiste, “no puede haberse borrado”. Aunque por ahora, los interesados en “re-construir” el tremendo peso simbólico de los edificios señeros de Valparaíso se limitan a las Universidades locales.
De ahí nació justamente Plan Cerro, del que fue integrante: un grupo de arquitectos dedicados a la rehabilitación y renovación urbana, orientados a la puesta en valor de espacios abandonados. Porque rescatar el patrimonio no es paralizar el tiempo: “Es entregarle vida a los barrios, que vuelva la vida a los barrios. Por eso me desesperan las plantas bajas, cerradas. Hay que entregarle vida comercial en el primer piso, en el plan por lo menos, y luego vivienda hacia arriba, o incluso como era en la época, que era comercio, segundo piso, el entrepiso de oficina, y después vivienda para arriba, que en el fondo son destinos mixtos, y ese destino mixto se perdió. Hoy en día es edificio de vivienda, o de oficinas, o comercial, y como que desarmó una estructura que Valparaíso traía estructuralmente, que era horizontal y no vertical”, discute, agregando que la gente se estaciona hoy en los sitios eriazos para ir a comprar a la vereda, porque una vez que el comercio salió de los edificios, fuera por terremotos, estallidos o crisis económicas, no se movió nunca más.
Una ciudad para inventarla
Para este arquitecto, que además deviene el hostelero y rescatista urbano, el volver a una ciudad que vive (en) su patrimonio “tenemos que factibilizar la infraestructura existente y construir los sitios eriazos que no están con obras nuevas, para que el comercio vuelva a entrar, para que la gente vuelva a vivir en los pisos superiores. Ese es un desafío de los arquitectos, obviamente, pero hay que tener una fuerza económica de inversores. Si uno, como gobierno da las condiciones, los privados o los inversores van a llegar y los arquitectos lo van a lograr desarrollar. Todo el mundo habla mal de ella, pero es muy importante la política. Y finalmente, yo sé que en la emergencia y con la precariedad siempre nos quedamos en las necesidades más urgentes, pero no podemos desatender las más profundas, que es la propia ciudad”.
Porque ideas hay. Profesionales también. Lo que falta, es que la autoridad tome decisiones, se arriesgue, y no solo en términos urbanísticos. “Tiene que haber un tipo de I+D, como desarrollo e investigación. El suelo evidentemente debe ser más barato que en otros lados, que en Santiago, que en Viña. Entonces, ¿por qué no se trabaja a otra escala, se toma manzana completa y se desarrollan proyectos que puedan albergar vida, trabajo y estudio? ¿Por la declaratoria de la UNESCO que generó pánico a las intervenciones en vez de hambre de ellas? ¿Por la desidia que transformó a los ascensores en piezas instagrameables a la distancia en vez de los medios de transporte básico para los vecinos? Remata: “Es una sumatoria de impedimentos. No permite recuperar, no permite rehabilitarte con la situación que tú estás pasando. Pero en alguna época, cuando no hay trabajo, la única opción que hay es inventarlo. Un poco así nació Dinamarca. Hoy día no está tan fácil, pero yo creo que se viene el momento de inventar”.



El antiguo Colegio Alemán, fundado en 1857, corresponde a diferentes edificios gracias a ampliaciones desarrolladas en las primeras décadas del siglo XX, representando a través de su arquitectura el proceso migratorio de ingleses y alemanes y su profunda huella en la cultura urbana, económica y social porteña. En 2015 fue declarado Monumento Histórico Nacional y en 2016 fue adquirido en 2016 por la familia Dib para albergar el Museo del Inmigrante, que celebra a las familias llegadas, durante el siglo pasado, de todos los rincones del mundo.
Periodista Malena González.