Sergio Muñoz: Trece años de “A Cielo Abierto” y el latir de la ciudad

“La poesía no está ajena al movimiento de la ciudad, su ritmo y latido. Nos parecía importante que los poetas también se toparan con la gente, con el público, con las personas que van pasando, con quien se sube al trolley y se encuentra, de pronto, con que hay una lectura adentro. Esas colisiones de momentos ocurren siempre. Y poder entregarle a la ciudad, al latido vivo de la ciudad, una manifestación poética que siento que es puro crecimiento”, comenta Sergio Muñoz, uno de los fundadores del festival de poesía de Valparaíso A Cielo Abierto, que cumplió 13 años y cerró hace algunos días frente a transeúntes, vendedores ambulantes, automóviles, ambulancias y todo lo común y particular del puerto.

Desde su primera versión en 2010, la apuesta de Muñoz, Andrés Urzúa, Jaime Pinos y Óscar Petrel ha evolucionado. Antes de crear el festival, los cuatro habían experimentado la precariedad de encuentros, lecturas y festivales. “La verdad es que todos los poetas vamos a leer donde se nos pida, con buena cara y sin alegar, porque sabemos lo difícil que es el tema. Pero de ahí nació en nosotros la necesidad de hacer un festival que pudiera pagar un honorario decente, cubrir los pasajes, que tuviera una buena dimensión hotelera para quienes venían, etcétera”.

Así como buscaban dejar atrás la precariedad, también querían salir de los espacios cerrados. “Era un motor súper importante para nosotros sacar la poesía de los lugares cerrados, de la sala universitaria, del bar incluso, que era un espacio un poco más desordenado, pero cerrado igual. Nos interesaba muchísimo instalar la poesía en medio de la ciudad. Por eso nuestras cuatro sesiones nocturnas, los cuatro cierres del festival, son en espacios abiertos y gratuitos”, explica.

Entre esos hitos, uno de los más reconocidos es la lectura en el mar, a bordo de lanchas de la bahía. Un gesto poético y simbólico que ha marcado a cientos de autores nacionales e internacionales. “Hemos tenido años con marejadas muy fuertes y pensamos: ¿qué estamos haciendo acá? ¿Qué locura es esta? Pero bueno, hasta ahora hemos salido adelante”.

Gabriela y los 80 años del Nobel

Este año, el punto de inflexión del festival —que reunió a 24 poetas— fue la conmemoración de los 80 años del Premio Nobel que recibió Gabriela Mistral. Una figura cuya imagen fue reducida en dictadura a la de una “mujer madre de los niños de América, apolítica, asexuada, vinculada a la docencia, al magisterio, a las rondas infantiles. Mistral llegaba solo hasta ahí. Ese fue el tótem que quiso instalar la dictadura”, señala Muñoz.

Hoy conocemos una Gabriela distinta, llena de contrastes: “más situada, amena, más peleadora. Entregó opiniones tajantes, increíbles para la época”. Esto se debe, en parte, a que el legado de la autora llegó a la Biblioteca Nacional, lo que abrió un campo de investigación que permitió descubrir su trabajo intelectual y político, así como aspectos de su vida antes desconocidos. “La apertura permitió entender que Mistral tuvo amores heterosexuales y también homosexuales, y que eso es simplemente parte de la vida humana, algo que, por suerte, con el tiempo se ha ido normalizando. Además, nos permitió encontrarnos con una poeta fabulosa”.

“Yo diría que hoy uno puede leerla de otra manera y entrar en las profundidades de su poesía, porque la poesía de Gabriela no es fácil: es compleja, tiene un trazo del Valle del Elqui, un arcaísmo extraño y único. Uno se va encontrando con esas dimensiones de la Mistral, va entrando en ellas, y la verdad es que hubo un descubrimiento asombroso”.

Por eso, explica Muñoz, “era la oportunidad de tenerla como referente y propiciar que la gente pudiera entrar en diálogo con su vida y su obra. Hicimos cuatro mesas temáticas en torno a Gabriela, y estuvo muy bien. Lo más interesante es que cada vez que propiciamos este diálogo aparecen nuevas preguntas y nuevos lugares a los que llegar”.

Y agrega: “No es solo Gabriela. Creo que si tomáramos a cualquier poeta de la tradición chilena, nos encontraríamos con lo mismo: figuras que parecen pequeñas, pero que son enormes. La idea es ir rescatando día a día el trabajo de poetas de la tradición de Chile que son importantes y monumentales”.

Una poesía que dialoga

Parte esencial del espíritu del festival es convivir con el movimiento urbano: lecturas en troles, calles, plazas y espacios de tránsito. “La poesía no está ajena al latido de la ciudad. Nos interesa que quien pasa por ahí se encuentre con algo inesperado y se quede”, dice Muñoz. Esa apertura permite que la poesía circule más allá de nichos especializados.

Respecto de la diversidad de voces que existen en torno a la poesía, Muñoz explica que “siempre me sorprende. La verdad es que si te quieres acercar a alguna esquina de la poesía chilena, hay de todo en realidad. Hay poetas gritones, hay poetas que susurran, hay poesías largas, poesías cortas. Te puedes encontrar en realidad con un enorme abanico de estilos, de temas y eso es sorprendente. Hacemos una curatoría durante muchos meses, durante el año. Preparamos el festival, a los invitados. Tratamos de que sea representativo de todo Chile. O sea, que vengan poetas del sur, del norte, muchos de provincia. Poetas premiados, no premiados, conocidos, desconocidos, de todo. Porque nos parece que esa diversidad de la poesía chilena es también algo que merece escucharse. Poder conocer diferentes vetas de la poesía chilena”.

Y respecto de la formación de públicos, y el diálogo con los ciudadanos “este año pudimos hacer también algunos cursos para personas de la tercera edad. Un curso para profesores. Un curso con los niños de la Escuela Pablo Neruda, que está al lado de la Sebastiana. Hubo también la posibilidad de ir cautivando a otros públicos. Es parte esencial, creo, del diálogo que tiene que haber entre la poesía y el pueblo”.  

Un legado para Valparaíso

Desde 2014, el festival se internacionalizó, con invitados de Italia, Perú y Argentina, entre otros. “Han pasado más de 300 poetas por el festival y ninguno había leído en lanchas. Ese gesto es una marca de Valparaíso”, afirma Muñoz. La conexión entre la ciudad y el festival se expresa en ese cruce: la poesía llega a espacios cotidianos y la ciudad se convierte en un escenario vivo.

Hoy, incluso poetas de otros países viajan especialmente en noviembre para participar o asistir. “Eso te llena. Es muy satisfactorio”, reconoce el fundador.

Tras trece años, el Festival A Cielo Abierto sigue ampliando la relación entre poesía, territorio y comunidad. Una apuesta que, más que consolidarse, continúa mutando con la ciudad que lo vio nacer.