Autoedición y comunidades desde el papel

  • Un tercer encuentro fanzinero se realizó en Valparaíso. Distintas experiencias desde la autogestión, en los márgenes, dan vida a comunidades que hacen del fanzine una herramienta de visibilidad, de repliegue y de contradicurso.

Ligado a la contracultura, la disidencia política y la autoorganización, el fanzine, como práctica de autoedición, ha constituido una forma cultural que desborda el campo editorial tradicional. Más que un formato alternativo, estas publicaciones se han visibilizado como herramientas de producción simbólica, memoria territorial y resistencia cultural, articulando de alguna forma arte, imaginación, voluntad, poesía y política desde los márgenes.

En la región, esta tradición ha dado lugar a una escena de creadoras y creadores. Para la fanzinera y coorganizadora del tercer encuentro Fanzinero, Daher González, el valor de estas ediciones no radica en su materialidad, sino en el lugar político que ocupan: “El valor tiene que ver con poner en el centro las voces del territorio, aquellas que no tienen reconocimiento social ni espacio en los medios convencionales”.

Contracultura, poética y política: una genealogía

Desde sus orígenes, estas publicaciones han estado ligadas a la contracultura, entendida como el conjunto de prácticas que emergen en oposición a los sistemas dominantes de producción simbólica. Sus primeras expresiones se vinculan a escenas artísticas, musicales y literarias un poco más underground, como respuesta directa a la exclusión de la prensa, la industria editorial y las instituciones culturales. En el contexto chileno, estas prácticas han dialogado con la tradición de la poesía marginal, los panfletos políticos y las ediciones artesanales desarrolladas durante la dictadura y los años posteriores. La dimensión política de la autoedición resulta importante en la escena actual. “Cuando uno hace este tipo de publicaciones está produciendo conocimiento y memoria. Hay que hacerse cargo de la herencia política que supone hacerlo”, afirma Daher González, quien además elabora un fanzine denominado Separata, escrito desde la filosofía. Estas prácticas rompen con la lógica de la hiperproducción y con los criterios tradicionales de validación cultural, situándose deliberadamente fuera del mercado editorial y de la academia.

Lejos de responder a una evolución lineal del panfleto al libro, el fanzine despliega múltiples trayectorias simultáneas. Conviven publicaciones de rápida circulación política con proyectos que se aproximan al libro-objeto, la experimentación visual y la poesía expandida. Editoriales independientes y sellos autogestionados como HAMBRE han explorado estas fronteras, borrando los límites entre revista, obra gráfica y libro artesanal. “La diversificación tiene que ver con que la comunidad se ha ido ampliando. No todos dejaron de ser panfletarios ni todos se volvieron artísticos; esa coexistencia es parte de su riqueza”, señala González.

A partir de estas experiencias han emergido fanzinotecas y archivos comunitarios —como los de la Biblioteca de Santiago, Hojalata en Chillán y La Finca— que funcionan como espacios vivos de activación cultural. “Estos archivos reúnen voces del territorio que no llegan al diario, al libro o a la academia. Son soportes contra el olvido”, afirma González. Muchas de estas publicaciones abordan memorias de personas fallecidas, desaparecidas o marginadas, disputando los relatos oficiales y sosteniendo historias que, de otro modo, quedarían fuera del registro. Porque no todo el mundo accede a que su voz salga en las noticias, en el diario, en el libro, pero sí mucha más gente puede acceder a la voz en el fanzine y hay voces que solamente se van a poder replicar atrás del fanzine, y en ese sentido, las fanzinotecas lo que hacen es reunir todos esos ecos y darles un espacio para que sigan generando ecos.»

Además, González explica que, por ejemplo, hay «un fanzine de la Claudia Rodríguez, que es una travesti chilena que falleció hace muy poco. En ese fanzine, que lo había editado ella misma, decía que esto es un fanzine precisamente porque son parte de producciones muy precarizadas. Es importante que la comunidad del fanzine se diversifique y que se impulsen editoriales fanzineras, así como que también haya gente que cree su propio estilo, que puede ser más panfletario o más de rápida difusión política».

Para el investigador cultural Stephen Duncombe, las autoediciones surgen precisamente allí donde los circuitos oficiales no alcanzan a representar la experiencia cotidiana: como “una forma de cultura producida por y para quienes no tienen acceso a los grandes medios de difusión” (1997). En ese sentido, su valor no reside en la espectacularidad ni en el tiraje, sino en la relación que establecen con sus comunidades.

Más allá del objeto impreso, estas prácticas editoriales construyen una comunidad de sentido basada en la circulación, el encuentro y el vínculo. Su existencia depende de quienes las producen, las leen y las comparten. «El fanzine se mantiene vivo en la medida que su comunidad existe: si se disuelve la comunidad que participa, que habita o que distribuye ese fanzine en el fondo, también desaparece, sostiene González.