Rafael Torres, director del Museo de Bellas Artes de Valparaíso: «El museo como habitante de la ciudad»

  • El Palacio Baburriza es un espacio tradicional en la cultura porteña que ha generado un cruce entre pensamiento patrimonial, práctica museológica y ciudad, que lo hacen destacar dentro del concierto de espacios porteños dedicados al arte desde su mirada tradicional.


“Este es un museo local, regional, de alcance nacional y de proyección internacional”, sentencia Rafael Torres, director del Museo Baburizza, al referirse a la complejidad de un espacio que es, a la vez, un inmueble construido en 1916 por los arquitectos Arnaldo Barison y Renato Schiavon; un Monumento Nacional; el Museo de Bellas Artes de la Municipalidad de Valparaíso; y una de las postales más reconocibles de la ciudad, emplazado en el Paseo Yugoslavo, en pleno cerro Alegre. A ello se suma una pinacoteca que destaca de manera significativa entre las colecciones públicas del país, consolidando al Baburizza como un referente patrimonial, artístico y cultural de múltiples escalas.


Rafael Torres es un gestor cultural reconocido: fue director regional del ex Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, director del Museo Mirador de Lukas y curador de exposiciones nacionales e internacionales. Desde esa trayectoria, ha marcado con su visión el propósito del Museo Baburizza, articulando patrimonio, arte y ciudad en un proyecto museológico de largo aliento. En ese cruce entre historia material y contemporaneidad cultural se sitúa hoy su quehacer.


Administrar un museo con estas características implica asumir que el patrimonio no es un objeto inmóvil. “Nuestro trabajo busca poner siempre al museo como habitante de la ciudad y con la ciudad”, señala Torres, quien además enfatiza que “nosotros tenemos primero la responsabilidad de administrar y cuidar un monumento nacional, y además un monumento que está inserto en un sitio de patrimonio mundial, por lo tanto, es una doble responsabilidad”. Esta condición ha orientado una ética del cuidado activo, donde la conservación convive con el uso social del inmueble.


Torres reconoce que “ser monumento a veces congela algunas cosas”, pero subraya que el desafío ha sido hacer dialogar esa condición con las necesidades actuales. “Lo que hemos hecho, siendo muy respetuosos del tipo de edificación y de las normativas, es adaptar determinados espacios para determinados usos”, explica. De este modo, el museo ha habilitado salas temáticas, espacios de mediación y áreas educativas, incorporando una mirada contemporánea sobre cómo habitar un sitio patrimonial sin desvirtuar su carácter histórico.
Este trabajo se desarrolla en coordinación permanente con la Municipalidad de Valparaíso, propietaria del inmueble y de las colecciones. El objetivo, señala el director, es “presentar el museo en sus mejores condiciones, tanto por fuera como por dentro”, entendiendo la mantención como una dimensión esencial de la experiencia museal y como una forma concreta de respeto por el bien patrimonial.


La relación del Baburizza con la ciudad constituye otro eje central de su identidad. Para Torres, el museo se ha consolidado como uno de los grandes referentes de Valparaíso. “Está presente en casi el noventa por ciento de la iconografía propia de la ciudad”, afirma, comparándolo con hitos urbanos como la Plaza Sotomayor, el templo San Francisco o las vistas hacia el ascensor 21 de Mayo. “Son postales que uno ve y dice inmediatamente: esto es Valparaíso”. Esta presencia, agrega, tiene un impacto directo en el turismo cultural y, por extensión, en el desarrollo económico local.


Colección


Desde una perspectiva museológica y académica, el Museo Baburizza resguarda una de las colecciones públicas más relevantes del país, reconocida como una referencia fundamental para el estudio de la pintura chilena. Su acervo se estructura como una línea de tiempo que abarca desde la pintura de influencia europea del siglo XIX hasta la consolidación de una escena artística local durante el siglo XX, con especial énfasis en la denominada generación porteña.
La colección reúne obras de autores nacionales y extranjeros que permiten analizar procesos de transferencia cultural, formación de escuelas, estilos e identidades visuales, particularmente vinculadas al puerto, la modernidad, el paisaje y la vida urbana. En este sentido, el museo opera no solo como espacio expositivo, sino como un reservorio de memoria visual y una fuente abierta para la investigación en historia del arte, museología y otros estudios culturales, rol que se ve reforzado por su política de catalogación, conservación y producción editorial.


El equipo de trabajo que sostiene este quehacer está integrado por “doce personas”, indica el director, a las que se suman servicios externos de seguridad y profesionales contratados por proyecto. Este equipo constituye el núcleo intelectual y operativo del museo, responsable de su programación, conservación, investigación, mediación y vinculación con la comunidad.
Otra complejidad es que esta labor se desarrolla en un escenario marcado por limitaciones estructurales propias del contexto nacional. “Lamentablemente, este museo en términos reales no tiene fondo de adquisiciones”, reconoce Torres, precisando que se trata de una realidad compartida por la mayoría de los museos del país. A ello se suma la alta valorización de las obras de autores fallecidos, que son las que el museo puede albergar, dado su carácter de museo de bellas artes clásico.


Frente a este escenario, “lo que hacemos es potenciar la colección que tenemos”, señala el director, poniendo el acento en la creatividad curatorial. Paralelamente, el museo ha desarrollado una política activa de donaciones. “Siempre hacemos el llamado a personas de buena disposición a donar obras, comprometiéndonos con el resguardo, el cuidado, la mantención, la salvaguarda y el reconocimiento de esas donaciones”, explica, política que ha permitido incorporar nuevas piezas en los últimos años.


Torres afirma, además, que el museo posee una línea editorial definida, vinculada a “la puesta en valor de la memoria de las artes visuales en la ciudad y en el país”. Exposiciones retrospectivas, homenajes y muestras temáticas marcan la agenda, y en promedio se programan cuatro exposiciones temporales al año, concebidas como procesos de larga duración. “Son exposiciones temporales, pero muy pensadas”, indica, lo que permite una relación más profunda entre el público y las obras. Actualmente, cerca del 75% de la colección del museo se encuentra en exhibición.


Mediación y acceso


Un componente fundamental del proyecto Baburizza es la mediación cultural. Torres destaca que el museo ha desarrollado un trabajo constante fuera de sus muros, mediante exposiciones pedagógicas, reproducciones y proyectos itinerantes. “Lo que buscamos es sembrar la curiosidad de venir a conocer la obra en su tamaño real, en su exhibición real, y entender qué es un museo: un lugar asequible, al alcance de cualquiera”, sostiene. Esta concepción se refuerza con una política de acceso amplia. “Todo niño del mundo, y yo siempre hago esta distinción, no paga la entrada hasta los doce años”, señala Torres. A ello se suma la gratuidad para los establecimientos educacionales de la comuna de Valparaíso y múltiples modalidades de acceso liberado o rebajado para organizaciones sociales, consolidando al museo como un espacio de derecho cultural y formación ciudadana. Durante el año se desarrollarán diversas iniciativas, entre ellas exposiciones dedicadas al Taller 99 y a la obra de Pepo, proyectos de fotografía nacional e internacional y colaboraciones con universidades y fundaciones culturales, conformando una agenda que combina memoria, contemporaneidad y reflexión crítica. A ello se suma la instalación anual de esculturas contemporáneas en la terraza del museo. “Siempre le pedimos al autor que traiga una obra que la gente pueda tocar”, explica Torres, subrayando la intención de generar una experiencia directa, sensorial y participativa.

Fotografías: José Veas Tapia