JAZZ EN EL PUERTO: MANUEL ESTAY Y LA HERENCIA MUSICAL DE VALPARAÍSO

Entre la historia centenaria del jazz chileno y las nuevas generaciones de músicos.

Pocas ciudades en Chile pueden reclamar una relación tan profunda con el jazz como Valparaíso. Mucho antes que el género encontrara espacios permanentes en Santiago, ya era una puerta de entrada para las nuevas corrientes musicales que llegaban desde Estados Unidos y Europa a bordo de barcos mercantes, marineros, discos y partituras.

Los investigadores sitúan uno de los hitos fundacionales del jazz chileno el 19 de junio de 1924, cuando el músico y compositor Pablo Garrido presentó en Valparaíso la Royal Orchestra, considerada una de las primeras agrupaciones jazzísticas del país. A partir de entonces, el puerto comenzó a desarrollar una escena propia, favorecida por su condición cosmopolita y por una intensa vida nocturna que se extendía desde los teatros y salones de baile hasta los clubes sociales y bohemios de la ciudad.

Durante las décadas siguientes, Valparaíso se transformó en un punto neurálgico para el desarrollo del jazz nacional. Surgieron agrupaciones, espacios de encuentro y músicos que marcarían a varias generaciones. No es casualidad que la ciudad albergara uno de los primeros clubes dedicados al jazz en Chile ni que posteriormente se consolidaran festivales y ciclos que ayudaron a mantener viva esta tradición incluso en los períodos más complejos para la actividad cultural.

Esa historia sigue resonando hoy en los escenarios, salas de ensayo y aulas donde nuevas generaciones continúan cultivando el género. Entre ellos se encuentra Manuel Estay, baterista y docente, cuya trayectoria sintetiza buena parte de los desafíos y virtudes que caracterizan al jazz regional contemporáneo.

Del rock a la improvisación

Curiosamente, el jazz no fue el primer amor musical de Estay. Su formación inicial estuvo profundamente ligada al rock y al metal, géneros que marcaron sus primeros años como músico. «Mi formación inicial estuvo muy ligada al rock y al metal. Era la música que más escuchaba y también la que más tocaba, con el tiempo empecé a interesarme por otros lenguajes musicales y ahí apareció el jazz.»

La transición no ocurrió de manera abrupta. Fue el resultado de años de búsqueda, estudio y curiosidad artística. «Lo que más me llamó la atención fue la libertad de su lenguaje. Venía de una música mucho más estructurada y de pronto apareció la improvisación. Ese concepto cambió completamente mi manera de entender la música.»

Para quienes practican jazz, la improvisación suele ser mucho más que una técnica interpretativa. Se convierte en una filosofía de trabajo basada en la escucha, la interacción y la creación colectiva. «La improvisación fue una de las cosas que más definió mi camino musical. Sentí que el jazz me permitía expresarme de una manera distinta.»

Aprender de los maestros

La historia del jazz se transmite muchas veces de forma oral. No sólo mediante partituras o grabaciones, sino también a través de escenarios compartidos, ensayos y conversaciones entre músicos.

En ese recorrido, Estay tuvo la oportunidad de encontrarse con algunos de los nombres más importantes del jazz chileno contemporáneo. «Nunca imaginé que iba a estar tocando con grandes exponentes del jazz chileno. Compartir escenario con Cristian Cuturrufo, Jorge Caraccioli, Christian Gálvez y otros músicos que admiraba fue una experiencia muy importante para mí.»

El aprendizaje, asegura, ocurre muchas veces fuera de las aulas: «Participar en big bands y tocar junto a músicos de trayectoria te obliga a crecer. Aprendes escuchando, observando y compartiendo con quienes han construido parte importante de la historia del jazz nacional.»

Aquellas experiencias le permitieron comprender que el jazz es también una tradición viva, construida por generaciones que se reconocen mutuamente y comparten conocimientos.

La docencia como continuidad del legado

Si hay algo que atraviesa la vida de Manuel Estay con la misma intensidad que la interpretación musical, es la enseñanza. Desde hace años desarrolla una importante labor formativa con estudiantes de distintas edades, convencido de que la música constituye una herramienta de desarrollo personal tan relevante como cualquier otra disciplina.

«La docencia me hace feliz. Cada estudiante es distinto y representa un desafío diferente.»

Su mirada pedagógica se aleja de los modelos rígidos, dado que “siempre he dicho que mientras uno siga aprendiendo, está haciendo bien las cosas. Uno no le hace un favor a nadie enseñando; simplemente comparte una experiencia que cada estudiante recibe de manera distinta.»

En ese sentido, considera que enseñar música implica comprender las particularidades de cada persona. «Mi experiencia sirve de forma diferente para cada estudiante. Por eso la enseñanza nunca puede ser igual para todos», explica.

La recompensa, dice, aparece cuando observa el crecimiento de sus alumnos, dado que lo «más bonito es ver a los estudiantes tocar y disfrutar la música. Verlos felices es probablemente la mayor recompensa. Quizás no todos se dedicarán profesionalmente a la música, pero si encuentran un espacio de desarrollo personal y creativo, eso ya tiene un enorme valor.»

Los festivales y la construcción de una escena

La permanencia del jazz en la Región de Valparaíso no puede entenderse sin el trabajo desarrollado por festivales, escuelas, clubes y gestores culturales.

A lo largo de las últimas décadas, encuentros como el Festival de Jazz de Valparaíso y el Festival de Jazz de Viña del Mar han permitido mantener espacios de circulación para músicos locales y nacionales. «El Festival de Jazz de Valparaíso es una institución que forma parte de la historia cultural de la región.», explica el jazzista.

«El Festival de Jazz de Viña del Mar también tiene una trayectoria importante y representa un espacio fundamental para la difusión del género.» Sin embargo, la continuidad de estas iniciativas no siempre está asegurada, puesto que el “principal problema de estos eventos es el financiamiento. Muchas veces dependen de fondos concursables y eso genera incertidumbre respecto de su continuidad. Conseguir recursos siempre es la piedra de tope para este tipo de iniciativas culturales», puntualiza.

El público sí existe

Uno de los prejuicios más frecuentes en torno al jazz sostiene que se trata de una música para públicos reducidos o especializados. Estay discrepa profundamente de esa idea, explicando que “cuando una actividad artística está bien hecha y bien difundida, el público responde. No creo que el problema sea la falta de interés de las personas. Muchas veces lo que falla es la gestión o la difusión.»

Su experiencia en actividades comunitarias y proyectos educativos le ha demostrado que el interés cultural está presente en todos los territorios: «Existe un prejuicio respecto de que ciertos sectores de la población solo se interesan por determinados tipos de música. Mi experiencia demuestra que eso no es así.»

De acuerdo con el músico, «cuando se acercan propuestas artísticas a los territorios, la respuesta suele ser muy positiva. La música tiene la capacidad de conectar con personas muy distintas y en contextos muy diversos.»

Triángulo de las Bermudas y la creación permanente

Paralelamente a su labor docente, Estay mantiene una activa participación en distintos proyectos musicales, entre ellos Triángulo de las Bermudas. «El grupo ya tiene una identidad propia y una trayectoria construida a partir del trabajo constante.» Se trata de una agrupación de jazz integrada por Gonzalo Palma en piano; Rodrigo Rivera en contrabajo; y Manuel Estay en batería, todos con una basta carrera en el medio artístico nacional e internacional.

La agrupación, nacida el año 2011 en la ciudad de Valparaíso, ha editado dos discos, «Zona Alta – Zona Baja» (2016) y «Reencuentro» (2021).

Finalmente, durante la conversación con Estay aparecen referencias al cine, la filosofía y la literatura. Habla de Heidegger, Nietzsche y Wagner con la misma naturalidad con que comenta una sesión de ensayo. 

Músicos como Manuel Estay representan precisamente esa continuidad. Herederos de una tradición que comenzó con los primeros acordes llegados al puerto en la década de 1920 y que hoy encuentra nuevas formas de expresión en las generaciones que se forman bajo su enseñanza.  «Me interesa seguir tocando, seguir enseñando y seguir aprendiendo. El jazz me enseñó la libertad, la escucha y la capacidad de construir junto a otros. Seguir haciendo música es parte fundamental de mi vida», finaliza.

Fotos cedidas.

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