Mirar un paisaje cotidiano, silencioso e inadvertido. Está en los cerros, las quebradas y los valles, lo ves en los quillayes, litres, boldos y peumos que sobreviven y se mezclan a duras penas entre zonas urbanizadas. En los bellotos del norte y en la palma chilena cuando tomamos el camino a Santiago. No son sólo especies que comparten un territorio, sino que forman parte de un ecosistema mediterráneo que ha construido durante siglos la fisonomía de la zona central y que constituye una de las expresiones más características de la biodiversidad regional.

El bosque esclerófilo es probablemente su manifestación más importante. De acuerdo con CONAF, alcanza 404.087 hectáreas y representa el 97,76% del bosque nativo de la zona continental de la Región de Valparaíso. Bajo ese nombre convive, sin embargo, una diversidad mucho mayor que suma al lingue, naranjillo, olivillo, roble de Santiago y otras especies.
La zona mediterránea de Chile central ha sido reconocida por su alta biodiversidad y endemismo, formando parte de lo que se denomina hotspot de biodiversidad de Chile central. Esto significa que una proporción importante de las especies que habitan estos ecosistemas tiene una distribución acotada y que su conservación adquiere relevancia incluso a escala global. En ese contexto, proteger el bosque no significa únicamente conservar árboles individuales: supone mantener las relaciones entre vegetación, fauna, suelo, agua y clima que permiten que continúe existiendo.
Dentro de este patrimonio, la palma chilena (Jubaea chilensis) ocupa un lugar singular. Sus principales poblaciones naturales se encuentran precisamente en esta zona del país. CONAF registra 8.121 hectáreas asociadas a este tipo forestal en la región continental, con una importante presencia en la provincia de Quillota. Pero la palma no está sola, ya que forma parte de comunidades vegetales donde convive con numerosas especies del bosque y matorral esclerófilo.
Así, quizás una manera distinta de comprender nuestro patrimonio natural sea aprender a leer el territorio y comenzar por aquello que tenemos más cerca. Reconocer una palma, distinguir un quillay de un peumo, saber dónde crece un belloto o entender por qué una quebrada conserva una vegetación diferente a una ladera expuesta al sol.
Viña del Mar posee el Jardín Botánico Nacional, un espacio cuya relación con el bosque mediterráneo de la Región de Valparaíso comenzó hace más de un siglo y es conocido por ser un amplio espacio dedicado a la naturaleza y su disfrute, que también conserva y protege a éstas y otras especies desde su creación. Su historia comienza en 1917, cuando Pascual Baburizza compró el fundo El Olivar. Eran 404 hectáreas que ya conservaban una importante muestra del bosque mediterráneo nativo de la Región de Valparaíso. Al año siguiente encargó al paisajista francés Georges Henri Dubois Rottier, el mismo que había participado en el diseño del Parque Forestal de Santiago, la planificación de unas 32 hectáreas en torno al estero El Olivar.
El lugar fue cambiando de dueños y también de funciones. En 1931 Baburizza donó El Olivar a la Compañía del Salitre de Chile, posteriormente, el terreno pasó a la Corporación de Ventas del Salitre y Yodo. Bajo el nombre de Parque El Salitre se realizaron experiencias con cultivos, fertilizantes y sistemas de riego, mientras permanecía abierto a la comunidad.
El gran cambio llegó en 1951, cuando el terreno pasó al Estado como Jardín Botánico Nacional. Décadas después, entre 1983 y 1991, fue administrado por CONAF, período en que se retomó el trabajo con colecciones e intercambios botánicos y se fortalecieron las tareas de conservación y educación ambiental.
En 1992 se creó la Fundación Jardín Botánico Nacional, buscando entregar mayor autonomía y capacidad de gestión al recinto. Actualmente, el Jardín no funciona como un servicio público tradicional, sino que es administrado por una fundación cuya finalidad está relacionada con el desarrollo de la botánica y la conservación de los recursos genéticos de la flora.

Para varias generaciones de habitantes de Viña del Mar y sus alrededores, el Jardín Botánico se asocia con paseos: árboles, lagunas, picnics y visitas familiares. No obstante, detrás de esa imagen funciona una institución dedicada a una tarea bastante más compleja. El propio Jardín resume su trabajo en cuatro ámbitos: educación, conservación, investigación y recreación. La recreación es probablemente la dimensión más conocida; las otras tres explican buena parte del trabajo que se desarrolla detrás de sus senderos, viveros y colecciones.
Hoy en día, la institución es dirigida por Alejandro Peirano y cuenta con áreas dedicadas a educación ambiental, horticultura, viveros y colecciones, además de protección, operaciones y administración.
La particularidad de su funcionamiento que es que una parte fundamental de la operación del Jardín depende de quienes lo visitan.“El Jardín Botánico vive de la visitación. Si nos va bien, aseguramos los sueldos del mes; después vemos las inversiones, pero si no, estamos siempre mirando de dónde obtener recursos”, indica Peirano.
La palma marca el paisaje
Cuando se le pregunta al ingeniero agrónomo qué especie podría representar de mejor manera el patrimonio vegetal de la Región de Valparaíso, Peirano no duda, la palma chilena.

Su presencia dibuja algunos de los paisajes más reconocibles de la zona central y tiene en la Región de Valparaíso varios de sus principales núcleos naturales: “Hay cuatro macrolotes de palma chilena en Chile”, explica Peirano. Uno de ellos se encuentra hacia el límite norte de su distribución, en el sector de Tilama. Otro corresponde a Ocoa, que concentra alrededor del 60% de las palmas chilenas. A ellos se suman las concentraciones existentes en sectores como El Quiteño y Rodelillo, además de otros palmares hacia el sur. “Si yo tuviera que decir cuál de verdad puede ser un aporte: la palma chilena. Porque la palma chilena tiene tantos atributos”, puntualiza.
La elección cambia también la forma de mirar el bosque esclerófilo. La palma no aparece como un elemento aislado del paisaje, sino inserta en un ecosistema mucho mayor, compuesto por especies que durante siglos se han adaptado a las condiciones mediterráneas de Chile central.

Guardar plantas para conservar ecosistemas
El trabajo del Jardín combina estrategias de conservación in situ y ex situ. Dicho de manera sencilla: algunas especies pueden protegerse en los territorios donde naturalmente viven, mientras otras son mantenidas, estudiadas o propagadas fuera de su hábitat original.
El Jardín Botánico Nacional mantiene 32 colecciones botánicas de plantas chilenas y exóticas, entre ellas espacios dedicados a la palma chilena, la selva valdiviana, plantas medicinales y flora de Rapa Nui. Esta función permite comprender que un jardín botánico no consiste simplemente en reunir plantas. Las colecciones conservan material vegetal y genético, permiten estudiarlo y pueden convertirse en una herramienta frente a la pérdida de poblaciones naturales.
En el caso de Viña del Mar existe además una particularidad: el antiguo fundo El Olivar ya contenía bosque mediterráneo nativo cuando Baburizza lo adquirió hace más de un siglo. El Jardín no sólo reúne especies provenientes de otros territorios. Parte de su propio territorio pertenece al ecosistema que busca conservar, dado que no son piezas independientes. Forman comunidades vegetales adaptadas a un clima de inviernos lluviosos y largos veranos secos. En ellas conviven plantas, animales, microorganismos, agua y suelo. Cuando desaparece el bosque, por tanto, no desaparecen solamente árboles.
Del toromiro al territorio cercano
El toromiro (Sophora toromiro), originario de Rapa Nui y extinto en estado silvestre, constituye uno de los casos emblemáticos para explicar la conservación fuera del hábitat natural. De hecho, el Jardín Botánico mantiene una colección vinculada a la flora de Rapa Nui.
Pero al conversar sobre qué especie podía servir para acercar estos temas a niños y niñas, Peirano planteó otra posibilidad.
La idea inicial había sido trabajar con el toromiro. Sin embargo, su propuesta fue mirar primero el territorio más cercano. La palma chilena permite hablar de biodiversidad desde algo que los habitantes de la Región de Valparaíso pueden reconocer directamente en su paisaje. Está presente en los cerros, en los palmares y en sectores que forman parte de la memoria territorial de la región.
El cambio no es menor: en vez de explicar la conservación únicamente a través de una especie extraordinaria y distante, permite comenzar por aquello que tenemos al lado.
Un quillay parece simplemente un quillay hasta que conocemos cuánto demora en crecer, cómo enfrenta meses con escasez de agua, qué especies dependen de él y qué significa perder no solamente ese árbol, sino la comunidad vegetal de la que forma parte.
Lo mismo ocurre con la palma chilena. Está ahí, dibujando desde hace generaciones el paisaje de la Región de Valparaíso. Quizás el primer paso para conservarla sea algo bastante más sencillo de lo que parece: volver a mirarla.

Deja un comentario